• Mujeres. Música. Magia.

Ellas, las Próceres


Fue en la Capitanía General del Reino de Guatemala donde sucedió algo trascendental un buen día de hace dos siglos. Mucho tenía que ver con nosotras, las mujeres, pero no nos lo dijeron. Ni lo leímos en los libros de historia, ni en los textos escolares, tampoco en los periódicos; no lo escuchamos en la tv; y en los cuentos de las abuelas y los abuelos sólo nos hablaron de los próceres. Y ese ocultamiento de la verdad nos lleva a hurgar en los baúles del tiempo, a fantasear ucronías, a validar modos de conocimiento que, por sentido común, nos ubican en la escena de mil posibles maneras protagónicas porque es indiscutible que la historia la hacemos varones y mujeres. ¿Si no, cómo?


Desde ahí, en la nueva Guatemala de la Asunción, la corona española dominaba las tierras de Centroamérica desde hacía 300 años. Pero ya es vísperas del 15 de septiembre de 1821. Hay nubosidad, frío, oscuridad. Mañana se reunirán varones ilustres, de todos los puntos del Reino en el Palacio de los Capitanes Generales, con una agenda única: decidir la independencia centroamericana de España. Y no es seguro que habrá consenso; entre ellos hay señores indecisos, señores con fuertes intereses económicos, señores temerosos y aliados de la corona española y que, en realidad, no tienen nada que ganar con la Independencia y sí, mucho que perder. Con la primera luz del sol, María Dolores Bedoya arremangó sus faldas, amarró sus trenzas y ajustó su reboso; salió a las calles y casa por casa, esquina por esquina, plazoleta por plazoleta fue hablando con la gente de la necesidad de independizarse de España, la situación de oprobio en la que se encontraban, el analfabetismo de la población y principalmente de las mujeres, las muertes de cientos de parturientas, la parasitosis crónica de niños y niñas, el hambre de las grandes mayorías, la esclavitud de la población indígena y negra… hablando de la reunión de ilustres que sucedería en el Palacio al día siguiente. Había que estar ahí. Si. ¡Ya es 15 de septiembre, ya clarea! ¡Ya están ahí! Hay tensión dentro del Palacio; pobreza, enojo y aflicción fuera de él. Convocadas por María Dolores, se congregan más y más mujeres que entusiasman a más y más. Mulatas, criollas, indígenas, ladinas, negras, madres, vecinas, pobres, comadres, hijas, jóvenes, viejas. Muchos varones las acompañan. Ya se congregan alrededor del Palacio, ya gritan una, dos, muchas veces: ¡Viva la independencia! ¡Viva la libertad! Agitan sus antorchas encendidas con brea y tocan tambores para hacerse oír. Hay perplejidad dentro del Palacio: ¿qué pasa afuera? ¿quiénes son esas turbas? ¿ha estallado la revolución? Los señores indecisos especulan, hacen números, temen no poder controlar ese masivo clamor de independencia y… ¡votan a favor del cambio! Se firma entonces el Acta de Independencia de España. Nada menos. ¡Se ha concluido con un reinado de sojuzgamientos, saqueos y abusos de la corona española!


Pero hablar de la Independencia es más que comentar lo que pasó ese día de un septiembre del siglo XIX. El momento, que hoy celebramos desfilando con la antorcha encendida por María Bedoya y las demás mujeres, fue antecedido por una década de sublevaciones populares en todo Centroamérica; protestas por el excesivo pago de tributos a la corona, demandas de soluciones a problemas que se daban a lo largo y ancho de todo el Reino, igual en Costa Rica que en Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua…. Este desbordamiento anticolonial que parte de 1811 constituyó un movimiento social que abonó y gestó lo que sucedería después. E igual que sus compañeros varones, las mujeres participaron activamente, fueron contestarias de un poder oprobioso y brutalmente reprimidas y, más que sus compañeros varones, sufrieron el esfuerzo de sublevarse ante el poder, simplemente porque su condición de mujeres de esa época hace que ese esfuerzo sea doble; algunas murieron condenadas por alta traición, a latigazos o encerradas en mazmorras y no vieron su sueño de independencia realizado; sus acciones construyeron las condiciones que ahora vivimos, ellas son nuestro piso y nuestro cielo. Sus nombres no caben en este pequeño artículo: Juana, Inés, Dominga, Ursula, Gertrudis, Francisca, María Felipa, María Teresa, Josefa, Ana, Manuela… Ellas.


Ha pasado mucha arena bajo el puente estos ciento noventa y nueve años que, por cierto, son un pequeño suspiro en el marco de la historia; esa historia que nos modela y nos hace ser quienes somos y, también, nos lega interrogantes que marcan nuestros modos de ser y ver la vida; no de manera clara o unívoca pero sí de manera única. Porque es de esa misma historia que sacamos fuerzas y entusiasmos para buscarnos a nosotras mismas que es buscarlas a ellas, las próceres de la independencia centroamericana. Y cada vez que rescatamos un nombre de ese olvido nos rescatamos como individuas y como colectivo, afirmamos nuestra vida como ese lugar donde nuestros actos hacen LA HISTORIA, esa aventura infinita y colectiva que contarán los niños y las niñas de los siglos venideros. Historias personales, historias familiares, historias grupales, historias sociales y todas, historias políticas porque, parodiando esa frase de lo personal es político, podemos decir que todas las independencias políticas son íntimas y todas las independencias íntimas son políticas. ¡Viva la independencia! ¡Viva la libertad!


Eida Martínez es una poeta nica-costarricense, Bibliotecóloga y Máster en Estudios de la Mujer; jubilada de la Universidad de Costa Rica, donde ha impartido charlas sobre temas como el Lenguaje Inclusivo de Género en Revistas Académicas y Científicas, y fue coordinadora regional de la Red de Centros de Documentación en Derechos de las Mujeres de Centroamérica, parte del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA). Desde hace dos décadas, es también autora del blog Apuntes de una cualquiera, donde tiene una sección dedicada a reseñas, relatos y biografías de mujeres.


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