Chavela, Así porque Sí


Por supuesto que si Chavela se hubiera cruzado conmigo en la Avenida Central no hubiera recordado quien era yo. Y por supuesto que, si yo la hubiera visto a cien metros de distancia, en cualquier ciudad del mundo, la habría reconocido de inmediato. Esto es no solo porque ella era una figura pública, al menos en nuestra región, sino porque yo la admiré y le seguí los pasos desde que la descubrí a mis veinte años, a finales de los setentas, de la mano de mi compañera de entonces, una cantautora que tocaba la guitarra y cantaba maravillosamente y que era una seguidora ferviente de la Chavela de los shows en la Boîte del Hotel Regis, en el corazón de México, adonde la había escuchado, según me contaba, muchas noches de bohemia, y de la cual se había enamorado, platónicamente como muchas, por su belleza, su embelesante e imponente voz y el arrebol de su característico poncho.


He de mencionar como nota al margen, que nací en México, aunque también soy costarricense, que soy cantautora y toco guitarra, que crecí escuchando sin cesar la música vernácula mexicana en aquellos ele-pés de época, y que, por consiguiente, lo mío durante mi niñez, juventud y mucho más allá fue cantar las rancheras a toda pasión, como correspondía.


Una tarde de 1980, con una emoción que aun siento cuando lo recuerdo, mi compañera, un par de amigas y yo, acudimos a la cita en la casa de otra gran cantante costarricense, Claudia de Costa Rica, adonde nos esperaban ella, su compañera de vida y las huéspedes de honor: Chavela Vargas y su rubia perra Vicenta. Fue ese mi primer encuentro con la mujer de carne y hueso, la doliente mujer que antitos de viajar a Costa Rica y por muchas circunstancias que conocemos, se había cortado ella misma y de raíz su larga trenza y con ella parte de su fuerza, como lo decía llorosa jalándose una y otra vez su pelo en el punto donde había nacido esa trenza; la Chavela que se bebió con nosotras y nosotras con ella, todo el licor que se puso sobre la mesa; la que cantó, acompañada con nuestras guitarras, con esa voz triste y a veces de furia y de insulto que lo inundaba todo; aquella mujer entrada en años, de una guapura y una sencillez casi campesina pero de una presencia contundente; la Chavela mítica con la que nos sorprendió el amanecer del día siguiente aun sentadas alrededor de aquella mesa de ceniceros llenos y de botellas vacías, de lágrimas, carcajadas y música, pero sobre todo, recuerdo bien, de historias de mujeres y de amores que se hilaban, una tras otra, desde las vivencias y las memorias de todas las presentes. Yo quedé prendida, enamorada, así porque sí. Chavela había sido parte de mi vida una noche con su madrugada completa, y desde ese día, nunca la olvidé.


Corrieron 12 años, y por esas casualidades de la vida, mi nueva compañera de entonces había sido, en la década que precedió a mi encuentro inolvidable, novia de Chavela. Ellas mantenían contacto, tanto así que, en 1995, un año después de su único concierto en el Teatro Nacional al que no asistimos porque estábamos en India, y ya viviendo Chavela en Costa Rica, ella estuvo muy cerca de mi compañera y en esa cercanía, de rebote, me colé yo.


Los encuentros con Chavela fueron constantes. Visité la casa de su hermana en San Joaquín de Flores, escuché de su boca bravías historias de su juventud en Santa Bárbara de Heredia, antes de irse a México, mientras me mostraba fotos en blanco y negro que sacaba sigilosa de una caja llena de recuerdos. Almorcé con ella en casa de mi compañera y la acompañé a hacer mandados. Me hospedé en su casa en Playas del Coco, y celebré su cumpleaños número setenta y seis en dos fiestas que recuerdo vivamente: una en casa de mi compañera y otra en la finca en Alajuela de la directora del grupo musical Claroscuro, del que ya para ese entonces yo era parte.


Aquella era una Chavela más bien ausente que presente, muy cercana a mi compañera pero lejana del resto, incluida yo; de pocas canciones, de muchos reclamos hacia la vida, de grandes silencios que me infundían mucho respeto, pero sobre todo de un aplomo enorme que le salía por todos los poros, como cuando se ha sobrevivido a una tormenta de la que se renace con mayor fuerza.


“Con todo mi cariño Tu Chavela”, es la dedicatoria de su puño y letra que en aquellos días escribió en “Macorina”, uno de los 3 magníficos discos conocidos como “los discos negros” que había grabado en Madrid en 1994, luego de su “descubrimiento” y re-lanzamiento de la mano, entre otros, de Almodobar. Ese disco, no solo por la dedicatoria sino por la belleza de sus canciones, fue siempre mi preferido y lo escuché hasta la saciedad por muchos años.


Chavela regresó a México y no volví a verla, aunque sí a saber de ella, y mucho, porque ya para entonces era una mujer enorme, una noticia constante, una artista admirada y ovacionada en los mejores Teatros de América y Europa. Costa Rica, como siempre con sus prejuicios y su doble moral, se debatía entre odiarla y amarla, que porque era lesbiana, que porque se había ido del país y renegaba de su nacionalidad, que porque decía que era mexicana, que porque no se ajustaba al estereotipo de una mujer, que porque cantaba con voz grave, que porque era fiestera, que porque tal y porque cual. Es decir, Chavela ya estaba en boca de todas y todos, y su fama lo abarcaba todo.


Pasaron los años, y una tarde, manejando frente al Instituto Cultural de México, casi se me para el corazón al leer que al día siguiente habría un homenaje a Chavela Vargas. Llamé a mi compañera de entonces y hasta el día de hoy, mi amada Luz, quien era su ferviente admiradora, y desde ese momento las horas de espera se nos hicieron largas.


Llegamos tempranito y nos sentamos en segunda fila. La sala se fue abarrotando, y de repente el sorpresivo anuncio: Chavela Vargas hacía ingreso en medio de aplausos y vítores, caminando con paso lento y con anteojos negros, y se sentaba exactamente delante de nosotras, en la silla de primera fila reservada para ella! No puedo explicar la emoción y el honor que fue tenerla tan cerca durante los discursos y los videos relativos al homenaje, hasta que fue invitada a recibir las flores y dar unas palabras, que precedieron al ingreso del Mariachi en medio de la locura general al tono de “Negrita de mis amores, ojos de papel volando”. Luz y yo llorábamos, nos abrazábamos, cantábamos, y la gente, toda, estábamos unidas en el amor y la admiración a esta gran mujer que cantó un par de temas, y se tomó foto con quienes quisimos robarnos un pedacito de su piel en medio de los tequilas, las risas y las lágrimas.


Chavela no se acordó de mí, ni yo se lo recordé porque no era el momento ni la ocasión para ponerla a pensar. Pero sí le dije al oído, con el atrevimiento y la picardía propios del momento, que yo siempre había estado enamorada de ella, a lo que sonrió levemente. De seguro yo habría sido una más que le decía lo mismo!


Otro montón de años pasaron, y un día Luz y yo decidimos, en ocasión de un viaje a México en el año 2009, ir a buscar a Chavela a Tepoztlán, ese pueblo mágico adonde residiría hasta su muerte. No la encontramos a pesar de que hicimos hasta lo imposible, y de seguro que, si hubiéramos localizado su casa, no nos habría recibido. Chavela no estaba para esos menesteres. Pero la ilusión de saber que teníamos el Cerro Tepozteco frente a nuestras narices por varios días, fue un motor para disfrutar enormemente de esa aventura.


Luz y yo seguimos la huella de Chavela, sus nuevos discos, sus Conciertos, sus Homenajes, las noticias del deterioro de su salud, y un día, el 5 de agosto de 2012, nos tocó llorarla hasta el desgarramiento. Chavela Vargas se había ido, dejando un vacío en los corazones de millones de personas y una sensación de vergüenza en una Costa Rica que no supo valorar, a tiempo y en vida, a esta grande de la música y de los derechos humanos.


Nuestro último homenaje a María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano, fue ir llorarla, otra vez, frente a la magnífica pintura que la incluye en una de las paredes del famosísimo Tenampa, en la Plaza Garibaldi, adonde muchas décadas atrás José Alfredo Jiménez descubrió su voz en medio de la bohemia, el licor y el amor por las mujeres.


Chavela, la valienta mujer, la magnífica artista, marcó mi vida y nunca la olvidaré, aunque ella nunca lo supo. Por ello le estoy eternamente agradecida y seré siempre su admiradora. Algún día, quizás, toda Costa Rica pueda sentir lo mismo!


Ana Castro Calzada, nacida en México el 18 de julio de 1959, pero también costarricense, país donde ha vivido la mayor parte de su vida, es Abogada y Notaria Pública, pero desde sus años colegiales ha compuesto e interpretado canciones de su autoría, casi todas ellas de temática social, feminista, relativas a la igualdad y la equidad de las mujeres, la eliminación de la discriminación y la violencia hacia nosotras así como los prejuicios sociales, patriarcales y religiosos; a favor de la diversidad sexual, los derechos de la comunidad LGTBIQ, la solidaridad, la libertad y el amor; y denunciando la destrucción ecológica y el deterioro urbano y social. En 1993 ingresó al grupo de mujeres músicas Claroscuro, agrupación a la cual pertenece hasta la fecha, y con la cual ha podido interpretar sus canciones en escenarios nacionales e internacionales, las cuales en su mayoría se han convertido en temas de concientización y lucha por los derechos humanos de las mujeres en la región Centroamericana y del Caribe y aún más allá. En 1999, obtuvo el Premio ACAM como Autora del Año, premiación adonde además fue nominada como Compositora del Año, por las canciones de su autoría contenidas en el maravilloso disco DIOSA TIERRA, de Claroscuro.


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